2.9.13

Página 39.

[...] Ya en el auto lo besó en los labios, y el deseo de él
a la vez se calmó y se inflamó con la ternura de ella.
La sensación de los dos era tan paradójica como el beso:
los debilitaba y los fortalecía al mismo tiempo.
Cuando se separaron, sin aliento, él rozó la mejilla de
ella con las yemas  de los dedos.
Se dió cuenta que en los últimos tiempos la relación entre
los dos había alcanzado, sin saber como y en forma
desconcertante, un nueva cumbre. Se había desarrollado con
lentitud, surgiendo en forma gradual; los dos desconfiaban un
poco del otro, ella temía dar demasiado, él se cuidaba de ella
porque era una extraña, diferente a todas las demás mujeres
que conocía. En ese momento parecían haber pasado un punto
de difícil retorno, y los dos conocían la verdad inexorable aunque
puramente sensorial que había en ellos.
Sin saber cómo, porqué había sucedido tan rápido.
Cuando se separaron la presencia de él aun la acompañaba,
flotaba, intangible, en el aire, y otra vez se admiró del inquietante
nuevo ritmo de los sentimientos entre los dos.
El había contenido sus emociones durante tanto tiempo,
disfrutando de la compañía de la muchacha, complaciéndose
en todos sus aspectos: su maduréz, su inocencia, y su belleza física,
sabiendo que la relación era más que de amistad, pero siempre
controlando, sin querer darle rienda suelta, rendirse a algo más profundo.
No pudieron evitar una sonrisa irónica. Se sentían invadidos
por alguna fuerza invisible. [...]

No hay comentarios:

Publicar un comentario